viernes, 17 de junio de 2011

Identidad

Toda persona tiene que saber quien es, cómo se llama, quienes son sus padres.
Uno pensaría que esas son cosas básicas, ¿no?
"Yo me llamo Fernando y soy hijo de Eugenia y Manuel", por poner un ejemplo cualquiera con nombres cualquiera.
Uno dice ese tipo de frases como si fuera lo más normal del mundo. Y si alguien lo duda, uno pone cara de asombro, como si se le estuviera preguntando: "¿vos sos un ser humano?". Porque uno sabe quien es y de dónde viene, su nombre y el nombre de papá y mamá... es casi una obviedad.
"Casi"
. No por nada existen las palabras y sus significados. "Casi" ciertamente no significa "todos". Y menos en nuestra historia reciente, manchada de sangre e identidades cambiadas.

El derecho a la identidad es un derecho al que todos tienen que acceder y al que -por si no lo saben- no se puede renunciar. O sea: es un derecho, pero a la vez es una especie de obligación, también.
Pensá lo siguiente: ¿vos elegís quiénes son tus padres o cómo te llamás? No, papá. Eso te viene de arriba y no lo elegís. Yo soy XXX. Ok, es mi derecho saberlo. Pero a su vez, no puedo agarrar y decir "como no me gusta quien soy lo cambio" o "no quiero saber que soy XXX". Más allá de gustos personales y preferencias, vos sos vos, venís de donde venís y punto. Que te guste o no es un tema distinto. Pero vos sos vos. Tenés un nombre, que acredita tu identidad, y tenés una familia.
Cuando yo nací, lo hice teniendo un padre y una madre, y ellos fueron los que me dieron un nombre, mi nombre. Yo no pude elegir ni cómo llamarme ni a mis padres. Y lo cierto es que ni yo ni nadie puede.
Hay cosas que no están abiertas a elección. Uno es quien es y tiene la familia que tiene, más allá de si gusta o no.
Pero la verdad es una, y una sola.
Y saberla no es solo un derecho, no es solo inevitable: es fundamental.